Esta es la historia de dos árboles que
se amaban. Vivían en una ciudad cuadriculada, donde todas las casas
eran pequeños cuadrados, que estaban en medio de un jardín
cuadrado, y se alineaban a lo largo de filas y columnas formando a su
vez un cuadrado mayor, como un tablero de ajedrez. En esa ciudad, todos los habitantes eran muy aficionados al ajedrez y se pasaban el
día haciendo complicados cálculos e ideando estrategias para ganar
partidas. Sólo los árboles y los niños tenían tiempo para
enamorarse. Félix y Mabel eran dos abetos frondosos que vivían en
sendas casas situadas en las esquinas opuestas del pueblo, muy
alejados el uno del otro. No podía oler sus hojas, ni siquiera se
podían ver. Todas las mañanas, al salir el sol, Félix lanzaba
palabras de amor al aire y el viento las llevaba hacia Mabel. Al anochecer, Mabel respondía con palabras aún más bonitas para su
amado, que el viento las llevaba hasta Félix. Pero un día el viento
cambió de dirección, y las palabras de amor dejaron de llegar.
Durante un tiempo los dos se siguieron amando y esperaron pacientes
el nuevo viento. Pero el tiempo pasaba y el viento no llegaba. Félix
y Mabel comenzaron a mirar hacia otro lado. Félix empezó a jugar a
la ajedrez con los humanos, y llegó a ser un árbol muy famoso, el
único capaz de codearse con los habitantes más sabios de la ciudad.
Mabel, entristecida, miró hacia abajo. Al principio no veía nada, pero con el tiempo advirtió que unas pequeñas flores blancas
crecían entre el césped ¡Parecían tan débiles! Con gran ternura,
Mabel dejó caer palabras de amor sobre las florecillas que
agradecidas crecieron más fuertes. Con tanta fuerza crecieron, que
el suelo se cubrió con un manto blanco del que surgía un hermoso
aroma que ascendía hasta la copa de Mabel y la llenaba de alegría.
Desde entonces, nadie se preocupa de la dirección del viento en esa
ciudad.
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viernes, 6 de diciembre de 2013
domingo, 26 de mayo de 2013
La vida rosa
Todos
miraban al cielo mientras caían hermosos copos rosas sobre sus
cabezas ¡Qué apetitosos parecían! Su aroma se extendía por todo
el país de los cuentos y los ogros, hadas, princesas, trasgos,
dragones, duendes y brujas, todos querían probarlos. El terrible
ogro, acostumbrado a comer niños y cachorros de animales, no pudo
resistir la tentación y cogió un puñado en sus manos para
metérselos en la boca. La princesa Margarita, la más bella del todo
el país, ésa que nunca comía chucherías para no mancharse, los
guardó en el bolsillo de su delantal y se los llevó a casa para
cenar. El dragón Felix, el mejor y más audaz dragón volador,
ganador de todas las carreras y comedor insaciable de barritas
energéticas, abrió su gran boca, la llenó de copos y la cerró.
Los trasgos, como eran muy tragones, engulleron todos los que
pudieron. Incluso la bruja, que había salido al bosque a recoger
plantas para preparar el veneno de las manzanas, se olvidó de su
tarea y comenzó a recoger los copos rosas que caían del cielo. Y
así, poco a poco, todos los habitantes del país de los cuentos
probaron tan suave y exquisito manjar. Cual sería su sorpresa,
cuando después de unas horas, todos empezaron a ver rosa. Donde
antes habían visto árboles, arroyos, flores y amigos, ahora sólo
veían una especie de niebla rosa. Esperaron a la noche, pensando que
la niebla desaparecería y verían el cielo. Pero no fue así,
simplemente la niebla se oscureció y aparecieron las estrellas.
Todos estaban asustados. ¿Qué les había pasado? ¿Ya no volverían
a ver nunca? ¿Qué podían hacer? Sólo había una solución, subir
a la montaña mágica y llamar al gran mago Merlín. Merlín era el
mago más poderoso del país y seguro que sabría qué hacer. Juntos,
todos los habitantes del país de los cuentos ascendieron hasta la
cima de la gran montaña mágica y comenzaron a gritar una y otra vez
el nombre de Merlín: “¡MERLIN!”. Pero Merlín no apareció, y
después de esperar unos días, todos se sentían hambrientos y
cansados, y decidieron bajar para comenzar una nueva vida. El ogro ya
no comía niños sino las exquisitas frutas de su jardín. Margarita
no podía ver el vestido que llevaba puesto, así que poco a poco se
olvidó de las manchas y disfrutaba tumbándose en la hierba. El
dragón Felix ya no volaba, se dedicaba a ayudar a los demás en las
tareas más duras. Los trasgos olvidaron lo feos que eran y se creían
muy guapos y apuestos. Lo curioso es que los demás también lo
empezaron a creer y todo el mundo los amaba. La temida bruja dejó
de cocinar los venenos para manzanas y comenzó a fabricar perfumes.
Y así pasó mucho, mucho tiempo, tanto, que aunque parezca
sorprendente, todos olvidaron lo que eran.
Un
día 25 de Abril, Merlín volvió. Había estado muchos años jugando
una reñida partida de ajedrez con su primo el mago Artabán, y por
eso no había acudido a la llamada de sus amigos. Merlín quedó muy
impresionado al ver la terrible enfermedad que aquejaba a todos los
habitantes del país, y rápidamente cogió su varita y dijo las
palabras mágicas “Salutín Salatón” para devolverles la salud.
Por arte de magia, la niebla rosa que hasta entonces les había
nublado la vista desapareció y todos comenzaron a ver de nuevo los
árboles, los arroyos, las flores, los amigos y a ellos mismos. Al
verse reflejados en el agua, los ogros recordaron quiénes eran y que
su deber era cazar y comer niños. Margarita recordó que era una
princesa y dejó de revolcarse en la hierba. Félix comenzó a
entrenar para ganar todas las carreras y se olvidó de sus amigos. Y
la bruja cerró su tienda de perfumes y volvió a fabricar veneno.
Los que peor lo pasaron fueron los pobres trasgos, que durante mucho
tiempo se habían sentido guapos y admirados, y ahora volvían a ser
feos y antipáticos. De esa manera, todo volvió a la normalidad.
Pero
la normalidad no siempre es sinónimo de felicidad, y los habitantes
de país del los cuentos no pudieron olvidar su vida cuando sólo
veían rosa. La alegría inicial que sintieron por haber recuperado
la vista, se fue transformando poco a poco en añoranza. Ese año,
cuando acabó el verano, todos los habitantes del país de los
cuentos se volvieron a reunir en la cima de la gran montaña mágica
para pedir a Merlín que hiciese llover los copos rosas de nuevo.
viernes, 15 de marzo de 2013
En Busca del Tesoro
Todos buscamos un tesoro en la vida. Karl comenzó su búsqueda una noche de verano, cuando sentado en su despacho, volvió a escuchar ese molesto ruido que continuamente interfería las comunicaciones entre Europa y América. Eran principios de los años 30 en Estados Unidos, el país estaba sumido en la Gran Depresión y la cruel realidad invitaba a explorar nuevas posibilidades. Las ondas radio eran la modernidad y el mundo empezaba a expandirse hacia la globalidad, o como ahora diríamos en sentido peyorativo, la globalización.
Todos buscamos un tesoro en la vida. Karl comenzó su búsqueda una noche de verano, cuando sentado en su despacho, volvió a escuchar ese molesto ruido que continuamente interfería las comunicaciones entre Europa y América. Eran principios de los años 30 en Estados Unidos, el país estaba sumido en la Gran Depresión y la cruel realidad invitaba a explorar nuevas posibilidades. Las ondas radio eran la modernidad y el mundo empezaba a expandirse hacia la globalidad, o como ahora diríamos en sentido peyorativo, la globalización.
Karl trabajaba para la
Bell Telephone Company en un proyecto dedicado a mejorar las
comunicaciones transoceánicas. El principal problema eran las
frecuentes interferencias que dificultaban, y a veces impedían, la
comunicación con el interlocutor. Ya había conseguido identificar
el origen de las interferencias más importantes, pero había una, la
más débil, que no conseguía explicar. Era un ruido débil, que a
veces se extinguía, pero siempre volvía otra vez. Tantas veces lo
había oído, que casi podía predecir cuándo iba a aparecer. No
podía deberse a un fenómeno transitorio como una tormenta sobre el
Atlántico pues llevaba escuchándolo varios meses. Tampoco podía
provenir de un lugar en la Tierra o en la atmósfera, porque
desaparecía con la rotación terrestre. Su corazón rechazaba
temeroso la única explicación que su cerebro apuntaba como válida:
tenía un origen extra-terrestre. Sabía que era una locura pensar
tal cosa, que todo el mundo iba a mofarse de él. A pesar de eso, su
mente ardía de emoción ante tal posibilidad. Con la segunda guerra
mundial cercana, Karl pensó que podría tratarse de una batalla
entre civilizaciones alienígenas. También podría ser el SOS de un
ser perdido en el espacio que vagaba buscando un hogar mejor.
Atormentado a la vez que excitado por estos pensamientos, Karl
persiguió aquel extraño ruido durante varios años hasta llegar a
la conclusión más sorprendente de todas: lo que estaba oyendo no
provenía de otro planeta del Sistema Solar, ni de una estrella
cercana, sino del centro de nuestra Galaxia.
Esa noche Karl estaba
esperando a que el ruido apareciera de nuevo. Debía aparecer
exactamente a la hora predicha para así confirmar su teoría. Su
inquietud era tal, que había pedido a su mujer que le acompañase en
el momento decisivo. El ruido apareció y así, sin avisar y
humildemente, como siempre empiezan las cosas importantes, comenzó
una nueva etapa en el conocimiento del Universo. Las ondas de radio
no solo habían logrado expandir el mundo hasta hacerlo global,
habían expandido nuestro universo hasta llegar a los confines de la
Vía Láctea.
A la memoria de Karl
Guthe Jansky (1905 – 1950).
viernes, 30 de noviembre de 2012
El pintor de cielos
Mario
vivía en el último piso de un gran rascacielos en medio de la
ciudad. A menudo miraba por la ventana para ver el los tejados de las
otras casas y observar el cielo. Lo que más le gustaba a Mario era
pintar cielos. Tenía una gran variedad de ellos y siempre los
regalaba a su familia por Navidad. Papá prefería los cielos azules,
luminosos, sin una sola nube. Ana, su hermana, siempre elegía los
que estaban cubiertos por nubes blancas, filamentosas, como una
hermosa cabellera. Mamá prefería las nubes redondas, esponjosas,
blandas, como el algodón. Algunas veces, muy pocas, Mario se
enfadaba y entonces pintaba cielos con nubes negras, de tormenta.
Pero estos no le gustaban a nadie.
Los
amigos preferidos de Mario eran los pájaros. En su azotea anidaban
pájaros de todas las especies que con sus colores y cánticos le
alegraban todas las mañanas y todos los atardeceres. El pájaro más
grande de todos era la cigüeña Alberta que era casi tan grande como
mamá. Mario, que no pesaba mucho, se montaba en su espalda y ambos
sobrevolaban la ciudad. Cuando volaba, Mario se imaginaba que sus
problemas se quedaban a pie de calle mientras él los saludaba desde
lejos y se sentía muy feliz. A Alberta no le sentaba bien el frío
y siempre se iba a Africa durante los inviernos dejando a Mario sin
sus fabulosos vuelos. Pero ese año el invierno había sido muy
cálido y Alberta se había quedado a su lado.
Pronto
llegaría la Navidad y las calles ya estaban adornadas con luces de
colores. Los árboles, los belenes, los villancicos y los grandes
centros comerciales repletos de juguetes anunciaban que Papá Noel y
los Reyes Magos estaban preparándose para su reparto de juguetes
anual. Pero al contrario que la mayoría de los niños, Mario no se
sentía feliz, más bien estaba preocupado. Una de las personas que
más quería en el mundo, su abuelo, había estado muy enfermo ese
año y Mario quería hacerle un regalo muy especial el día de
Nochebuena, quería regalarle “el
cielo más bonito del mundo”.
Pero ¿cuál era el cielo más bonito del mundo? Desde su ventana
sólo se veían cielos azules y grises. Tal vez en algún país
lejano hubiera cielos extraordinariamente hermosos, con colores vivos
como el rojo, rosa, violeta, verde, amarillo, marrón... que él
nunca había visto. Si quería pintar el cielo más bonito del mundo,
tendría que salir a buscarlo. Aunque le daba un poco de miedo, Mario
decidió emprender tan arriesgada aventura a lomos de su amiga
Alberta y el primer día de Diciembre salieron juntos a buscar el
cielo más bonito del mundo. El corazón de Mario latía muy deprisa
porque era él nunca había ido tan lejos, cuando Alberta, segura y
majestuosa como la reina de los cielos que era, levantó el vuelo y
puso rumbo a los lugares más alejados y exóticos.
El
primer lugar que visitaron fue un extenso desierto. Desde lo alto, se
veía un enorme mar de arena de color marrón. Todo estaba muy vacío.
No se veía nadie a quien poder preguntar. Mario ya había decidido
irse cuando, repentinamente, salió una graciosa lagartija de entre
la arena.
- Buenos días, señora lagartija- dijo Mario-. Estoy buscando el cielo más bonito del mundo ¿Lo ha visto usted?
- Yo no sé mucho sobre el cielo. Generalmente estoy entre la arena, y solo salgo a la superficie de noche, cuando hace más fresco. Entonces el cielo es negro y está adornado con multitud de pequeñas luces brillantes. Es muy bonito.
- ¿Pero nunca ha visto usted un cielo de color verde, rosa o marrón?
- No, de noche siempre está negro.
Mario
y Alberta dieron las gracias a la lagartija, se despidieron y volaron
hacia la selva. Fue muy difícil encontrar un lugar para aterrizar en
un sitio tan frondoso. Los árboles eran tan grandes que no dejaban
que la luz del sol llegara al suelo.
- Señora cacatúa – Mario se dirigía a un pájaro de bellos colores – dígame, ¿Qué colores tiene el cielo aquí?
- Pues, a veces está azul, pero otras está cubierto de nubes. Cuando llueve, todo se vuelve gris.
- ¿Y nunca está el cielo verde, amarillo, o rosa? - preguntó Mario.
- Pues no, creo que no, aunque con tantos árboles es difícil verlo.
Mario
y Alberta se alejaron de la señora Cacatúa un poco desilusionados
por su nuevo fracaso y continuaron su viaje. Pronto se encontraron
sobrevolando un gran océano.
- ¡Peces del agua!, ¿Me oís? Soy Mario, y me gustaría saber cómo es el cielo aquí, en medio de este gran océano. ¿Qué colores tiene?
- Glub, Glub, nosotros sólo vemos el cielo a través del agua. Es azul verdoso, con muchos reflejos brillantes. De noche, es negro. Glub, Glub. negro, de noche es negro. ¿Es ese el color que buscas?
- No, ese color no me vale. Gracias de todos modos.
Mario
estaba muy triste. Aún no había encontrado el cielo más bonito del
mundo y se acercaba el día de Nochebuena en el que toda su familia
se reunía a cenar y se intercambiaban regalos. Decidió volver a
casa y regalar a su abuelo uno de los cielos grises que había
pintado durante el otoño. Cuando Alberta comenzó sobrevolar el gran
rascacielos, sus padres, su hermana Ana, su abuelo y todos sus
pájaros lo estaban esperando en la azotea. Mario sintió una gran
emoción al verlos y las lágrimas resbalaron por sus mejillas,
cayendo al asfalto como una suave lluvia. Fue entonces cuando salió
el Sol y todos los colores se derramaron por el cielo formando un
inmenso arco iris. Mario, con sus lágrimas, había pintado el cielo
más bonito del mundo y
toda su familia pudo disfrutar de él.
viernes, 25 de marzo de 2011
La Campana de Cristal
Algunos días Javier sacaba a Flor a pasear, la llevaba en el hueco que formaban sus manos unidas frente al cuerpo y Flor veía tras los cristales las calles de su hermoso pueblo. Mientras caminaban, Javier le explicaba sus aventuras cotidianas. Flor oía la voz de Javier muy débil, amortiguada por el cristal de la campana. Tan lejana parecía la voz de Javier como las historias que él narraba. Flor nunca había salido de su campana. Su conocimiento del mundo se reducía a la reconstrucción fantástica que hacía a partir de las anécdotas que contaba Javier. Flor lo escuchaba atentamente porque lo quería mucho. Pero el mundo de Javier era desconocido para ella y cada vez se sentía más ajena a lo que él contaba y más encerrada en sus propios pensamientos. Con el tiempo Flor se había acostumbrado a oír la lejana voz de Javier y a asentir sin ni siquiera reparar en el significado de las palabras. Javier seguía hablando con entusiasmo sin percatarse de que el mundo de Flor era otro y en ese nuevo mundo él era tan irreal como esas figuras que se veían a través del cristal.
Un día Flor se escapó. Era el primer día de primavera y el sol brillaba alto en el cielo envolviéndolo todo con su calor. Javier levantó la campana como todos los días y se alejó para colocarla en su pie de madera antes de empezar con el ritual de la limpieza diaria de Flor. Flor aprovechó esos instantes para abandonar su seguro hogar y adentrarse en lo desconocido. El mundo exterior estaba lleno de sensaciones que a Flor se le antojaban extremadamente intensas, ruidos, olores, colores. El roce del cálido viento sobre las hojas perturbaba profundamente su frágil naturaleza. Todo era nuevo, desmedido, y estremecedor, y Flor se sentía embriagada por tanta sensación.
Flor tardó poco en aprender que el placer y el dolor son las dos caras de la misma moneda, y no se puede disfrutar de uno si no se es capaz de soportar el otro. Los días cálidos y luminosos venían sucedidos por noches frías y largas en las que Flor tiritaba escondida en una alcantarilla. Las alcantarillas también tenían intensos olores pero éstos no eran tan agradables. Los ruidos que al principio le parecieron tan excitantes, se convirtieron en una verdadera tortura en sus noches de angustia en las que no podía ni dormir, ni pensar, ni comer.
Flor encontró amigos que impresionados por su belleza y fragilidad le prestaron su protección. Durante unos días la llevaban siempre consigo prendida en la solapa de la chaqueta. La metían en un precioso jarrón con forma de obelisco cuando estaban en la oficina. Y la dejaban reposar en un florero junto a otras flores, cuando descansaban en casa. Pero la solapa de una chaqueta no es un sitio muy seguro para una criatura tan frágil. Era fácil caerse de la solapa y quedarse tendida en el suelo de un café, de un restaurante o en medio de un tumultuoso mercado.
Flor se sentía indefensa en un mundo tan violento. Cada día tenía más miedo a herirse en una de esas caídas o a helarse en una noche de frío. Estaba cansada de sufrir.
Los días cálidos Flor vagaba por las calles intentando absorber la energía del sol. Necesitaba toda la energía posible para enfrentarse a la próxima adversidad que el destino le deparase. En uno de sus paseos, Flor pasó accidentalmente por la casa de Javier. Era mediodía. Javier no estaba, él nunca estaba en horario de trabajo, pero la puerta estaba abierta. Flor entró sigilosamente en la casa y anduvo hasta el dormitorio que durante tantos años habían compartido. Su campana de cristal estaba en el pie de madera. Javier la limpiaba todos los días aún cuando ella no estuviera y su cristal relucía bajo la luz del sol. Flor dudó un momento. Sabía que si ahora volvía a resguardarse bajo su campana de cristal, nunca volvería a sentir la brisa del viento, ni escucharía hermosas melodías, ni volvería a oler los aromas que tanto la habían hecho gozar. Pero también sabía que allí dentro, protegida por su reluciente cristal, no sufriría jamás. Con tristeza, decidió abandonar su aventura y lentamente, pero con decisión, Flor se posó sobre su maceta, y se cubrió de nuevo con la campana de cristal.
Javier la recibió con el corazón abierto. Pensó que todo había vuelto a la normalidad y se llenó de felicidad. Pero en la vida no hay segundas oportunidades y las líneas del destino nunca forman curvas cerradas. Desgraciadamente Flor ya no disfrutaba con sus cuidados. Tampoco le gustaba compartir con él la habitación que durante tanto tiempo había sido su morada. Ya no fingía escuchar sus historias con interés, ni le acompañaba en sus paseos por el pueblo. Aún así, Javier era feliz. Le bastaba con contemplarla y hablar a esa silenciosa campana. Javier la ponía en el alféizar de la ventana todos los días. Su belleza, enmarcada por la campana de cristal, provocaba la admiración de todos los transeúntes. Incluso el Sol se enamoró de ella. Sol esperaba con impaciencia esa hora en que sus rayos incidían sobre la campana de cristal y Flor comenzaba a relucir. Sol nunca comprendió que estaba enamorado de su propio reflejo, ni llegó a saber cuán distinto era éste de la flor que se escondía en su interior.
Desde ese lúgubre día en que todo volvió a la normalidad, el mundo de Flor se redujo al pequeño volumen de aire que cubría la campana. Pocas veces echaba una mirada a través de los cristales. Agradecía no oír los ruidos de ese exterior del que ya nunca volvería a disfrutar Cuando Javier murió, Flor se trasladó al Museo de Ciencias Naturales de Madrid. Aún se la puede ver en una de las estanterías de la segunda planta, acompañada de todas las especies vegetales del planeta. ¿La has visto alguna vez?.
La Campana de Cristal por Aurora Francia se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
Basada en una obra en cuentos-celeste.blogspot.com.
Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en http://cuentos-celeste.blogspot.com.
martes, 22 de marzo de 2011
La Pulga María
La pulga María vivía en una pequeña cocina. La cocina tenia baldosas blancas y negras dispuestas como en un tablero de ajedrez. No era muy grande. Desde abajo no se veía casi nada. Sólo se veía una mesa alta con patas cuadradas. María había vivido siempre allí y llevaba una vida plácida. Le gustaba pasear por las baldosas blancas, eran más bonitas que las negras y además contrastaban con el color negro de su cuerpo. No le gustaba perderse en el negro inmenso de las baldosas negras en las que cualquiera la podría pisar sin percatarse ni siquiera de su existencia. El suelo estaba normalmente frío. Había sin embargo una hilera de baldosas más templaditas que cubrían las tuberías por las que circulaba el agua caliente. Cuando María tenía frío, las baldosas calientes dirigían su paseo. María tenía una buena familia. Su madre le contaba bonitos cuentos antes de dormir, le gustaba leer, ver películas e imaginar cómo sería su vida de mayor. A pesar de que para las pulgas no es fácil conseguir comida, a ella nunca le faltaba.
María miraba continuamente la mesa alta en el centro de la cocina y sentía unos deseos irrefrenables de trepar por sus patas. No sabía qué habría en la parte más alta, ni si lo que allí hubiera la haría feliz, pero todos los días soñaba con poder subir. No quería decir a nadie su propósito. Pensaba que sería más fácil conseguirlo si lo mantenía en secreto.
Los cuentos invadían la mente de María. María se sabía de memoria la historia de la pulguita David y la cucaracha Goliat. David era muy pequeñito, pero aún así se enfrentó y venció a la enorme cucaracha Goliat. Para ello solo usó su tirachinas y su gran pericia. David era una pulguita buena y Goliat una cucaracha asquerosa y mala. David era también muy astuto. María era una pulguita muy buena, siempre cumplía con todos sus deberes, y era astuta. Ella también vencería en sus propias batallas. A María también le gustaba la historia de la mosca Aladino. Aladino era un príncipe que sobrevolaba un mundo exótico en una alfombra mágica acompañado por su amada. María siempre se había preguntado para qué querría una mosca una alfombra voladora. Aún así, la historia era bonita.
Un día apareció en una baldosa blanca, un gran saltamontes verde. El saltamontes Pedro se había colado por la ventana huyendo del invierno. Pedro era grande y podía dar grandes saltos, era el insecto más fuerte que María hubiera visto jamás. Pedro y María pronto se hicieron grandes amigos. Pedro había visto mucho mundo, había saltado por todos los campos y tenía un exhaustivo conocimiento de la flora y fauna del jardín. Pero Pedro no sabía historias tan divertidas como las que contaba María. A Pedro le gustaba escuchar a María relatando el duelo del pequeño David y el gran Goliat, o los viajes exóticos de la mosca Aladino en su alfombra voladora, o la historia de Moisés que fue abandonado por su madre en una cesta en el río Nilo. Algunas de las historias que María contaban no eran verdaderas. A María nunca le importó la fidelidad histórica de esos bonitos relatos. Para ella lo importante de un relato es lo que significa, no la veracidad de su contenido. María pensaba que finalmente una nunca puede estar segura de saber la verdad.
Un día María le contó a Pedro el plan que había ideado para los dos. Ella se subiría en su lomo, y él la llevaría volando hasta la parte alta de la mesa. Una vez allí , ambos podrían salir volando por la ventana. Al principio Pedro se mostró entusiasmado pues creía que era una fantasía más de María, con la misma veracidad que algunas de sus historias. Pero esta vez María lo decía de verdad. Estaba decidida. El plan era demasiado ambicioso para Pedro. A pesar de ser una pulga, María pesaba mucho para llevarla en su lomo siempre, pensó Pedro. Además el invierno había acabado, y él quería volver al jardín. Una pequeña pulga de cocina sería un estorbo a cielo abierto. Así que Pedro se marchó una calurosa noche en la que la ventana estaba abierta. Como Pedro era un caballero y le había cogido cariño a María, le dejó escrita una poesía de amor como despedida
Desmayarse, atreverse, estar furioso,áspero, tierno, liberal, esquivo,alentado, mortal, difunto, vivo,leal, traidor, cobarde y animoso: no hallar fuera del bien centro y reposo, mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,enojado, valiente, fugitivo,satisfecho, ofendido, receloso: huir el rostro al claro desengaño,beber veneno por licor süave, olvidar el provecho, amar el daño: creer que el cielo en un infierno cabe;dar la vida y el alma a un desengaño,esto es amor; quien lo probó lo sabe Pedro Lope de Pega
María quedó desolada al leer el poema. Estaba sola en una baldosa negra en el centro de la cocina, con el manuscrito de Pedro en una mano y la otra colgando, sin fuerza. Ahora la mesa le parecía más alta que nunca. Nunca conseguiría llegar arriba. Pero María era una pulga fuerte, y después de un día o dos de duelo, guardó el papel en un bolsillo y volvió a sus libros.
Ya no le gustaban tanto las historias de amor y las fábulas. Ahora prefería las grandes gestas, las guerras y las grandes conquistas. Era emocionante leer como un puñado de hombres consiguieron cruzar el océano Atlántico en pequeños barcos y descubrir un nuevo continente. O como todo un pueblo unido por sus ideas pudo luchar contra la monarquía y conquistar su libertad inaugurando una nueva época histórica. O como un marinero noruego pudo alcanzar el Polo Sur, recorriendo prácticamente la mitad del perímetro de la Tierra. María sabía que las pulgas no son tan grandes como los hombres, tampoco son tan inteligentes, pero trabajando juntas también podrían hacer grandes cosas. Sólo tenía que convencer a sus compañeras de que merecía la pena trabajar y luchar.
María empezó a dar grandes discursos en la misma baldosa negra en la que leyó la poesía de Pedro cuando se marchó. Ahora ya no le importaba que el color de la baldosa fuese el negro. Ya no tenía miedo de que la pisaran y, por raro que pueda parecer, recordar el momento doloroso de la partida de Pedro le daba la fuerza necesaria para recitar sus arengas con pasión. Quería convencer a sus compañeras de que debían escalar la gran mesa. Desde arriba, se podría ver toda la cocina, podrían descubrir nuevos lugares para dormir, encontrar nuevas fuentes de comida y, sobre todo, descubrir un nuevo mundo. Cosa rara entre las pulgas, a María le gustaba sentir la luz y el calor del sol, pero la mesa de la cocina tendía su sombra por todas las baldosas. Pedro le había contado muchas cosas sobre el césped que cubría el jardín, las flores que salían en primavera y la gran variedad de animales que se encontraban en el campo. Esos animales tendrían unos colores brillantes y luminosos. Las pulgas de cocina eran todas negras.
María siguió dando sus discursos un día tras otro. Todas las pulgas acudían a oír el discurso de María al final de la tarde. Las emocionantes palabras de María las hacía sentirse grandes y poderosas. Las llenaba de esperanza. Pero ninguna tenía la intención real de emprender la escalada que María proponía. La mayoría de las pulgas son muy temerosas y prefieren no cambiar de casa durante su corta vida. Su filosofía es “mientras estemos bien, ¿para qué cambiar?”.
Siguiendo con su plan, María reunió el equipo necesario para la escalada, estudió cada una de las cuatro patas de la mesa y preparó la estrategia para la ascensión. Recorrer toda la pata llevaría mucho tiempo, no se podía hacer en una sola jornada. Lo importante era elegir una pata con muchos salientes. Las pulgas subirían de una en una, y cada una pasaría la noche descansando en un saliente. Al día siguiente, cada pulga subiría hasta el saliente siguiente. Al final todas las pulgas estarían en la superficie de la mesa. María subiría la primera y prepararía el campamento para las otras. Habría que buscar un lugar discreto para dormir y algo para comer. María podría hacerlo antes de que llegasen sus compañeras.
Y llegó el día de la escalada. María reunió a todas las pulgas y empezó a darles las instrucciones a seguir una vez ella hubiera iniciado la escalada. Ninguna pulga se atrevió a decirle que no la iban a seguir, ¡María estaba tan ilusionada! De esta manera María empezó la escalada en solitario ignorando los planes del resto de sus compañeras. Pronto constató que las demás pulgas no la seguían. Se entristeció. Sus compañeras habían desertado.
María había estado toda su vida esperando ese día y ahora no podía abandonar. A pesar de lo difícil de la situación, debía continuar. María reunió todo el valor que le quedaba, lo metió en el mismo bolsillo en el que tenía la poesía de Pedro y continuó su aventura, ahora ya sin ayuda. Tal vez esa era la manera en la que tenía que haberlo hecho desde el principio, pensó María. No se puede esperar que las demás te ayuden a conquistar tus propios sueños. María prosiguió la escalada con decisión. Pero cada día estaba más cansada. La vida de las pulgas es muy breve, y María se había hecho vieja. Tenía las patas muy débiles y su vista ya no era la de antes. Cuando subió el primer centímetro se dio cuenta de que el esfuerzo que le iba a suponer llegar hasta arriba, podría ser demasiado. Aún así, prosiguió. No había otra cosa que ella quisiera hacer en esta vida, no tenía elección. Subía despacio, poquito a poco, los ancianos se mueven con lentitud, pero sin descanso.
Después de un mes María había llegado a la mitad de la pata izquierda delantera de la mesa cuando sus fuerzas estaban a punto de extinguirse. Se encontraba en un espacioso saliente del lado de la ventana. Allí los rayos del sol llegaban con facilidad y se podían ver el cielo y las hojas de los árboles a través de los cristales. Por la noche, se veían la luna y las estrellas. Esa noche, mientras observaba las estrellas, María supo que ya no iba a poder seguir más. Sus patas definitivamente no querían andar y su corazón latía cada vez con más dificultad. Por su mente pasaron las personas y personajes que habían llenado su vida, el pequeño Goliat, la mosca Aladino, Pedro el saltamontes, los conquistadores españoles y tantos otros más. Pero sobre todo recordó un libro que su madre le había leído hacía ya mucho tiempo, “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”. Ese hombre escuálido intentaba luchar contra todas las injusticias de este mundo aunque la batalla estuviese perdida de antemano. Nunca desfallecía. Las cosas cotidianas, incluso las más feas y denigrantes, adquirían grandeza al pasar por sus ojos convirtiendo así, chozas en castillos, cortesanas en princesas. Y siempre acompañado por su fiel, prosaico y pragmático criado, Sancho Panza. María siempre se había sentido Don Quijote. Pero esta noche, por primera vez en su vida, se sentía Sancho Panza. O tal vez no. Tal vez era Alonso Quijano, tendido en su lecho de muerte, cuando sanado de su enfermedad descubre que toda su vida había sido solo un sueño, su sueño. En ese momento María cerró los ojos y cayó. Nadie se dio cuenta de la caída, pues había caído en una baldosa negra. En todo caso, habría dado lo mismo. Ya nadie se acordaba de ella. Como he dicho antes, las pulgas tienen una vida muy corta. Y la memoria, también.
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