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lunes, 27 de agosto de 2012

La máquina de la felicidad



La vida de Amparo estaba marcada por la temprana muerte de su madre que sufría una fuerte depresión y se suicidó a la edad de 45 años. Ni su padre, ni su hermano, ni ella pudieron hacer nada para ayudarla. Amparo se preguntaba a menudo cuáles podrían haber sido los motivos de su suicidio ¿Tendría su madre una vida oculta que ni su hermano ni ella conocían? ¿Sería la relación con su padre tan buena como parecía? Reiteradas veces había intentado hablar con su padre de este tema, pero él siempre repetía que la depresión era una enfermedad, como la gripe, que su madre la había contraído sin causa aparente, y que no tenía ninguna relación con ningún hecho de su vida. Durante los primeros años de la enfermedad su madre lloraba y se quejaba de la vida frecuentemente, pero luego simplemente callaba y rehuía cualquier contacto humano. Sus ojos, que antes irradiaban felicidad, se convirtieron poco a poco en pozos que conducían a la nada, a la ausencia de emoción, a la oscuridad. Su sonrisa desapareció para siempre y en su cara se perpetuó una mueca de dolor. Un día, hacía ya más de 30 años, se suicidó.

Su hermano y ella, de distintas maneras, habían dedicado su vida a luchar contra esa terrible enfermedad. Su hermano era payaso. Se esforzaba en recrear en los demás la risa que recordaba ver en su madre cuando él era niño, y que un día sin que nadie supiera el porqué desapareció para siempre. Amparo era médico y se había especializado en el tratamiento de las depresiones. Su objetivo era ayudar a tantas personas que sufrían la misma enfermedad que su madre. Junto con su marido, habían creado un tratamiento que combinaba la medicación con la realidad virtual. El tratamiento se basaba en proporcionar a los pacientes cinco minutos diarios de felicidad. Durante cinco minutos, conectados a la unidad de estimulación cerebral (eufemismo técnico para designar a la máquina que creaba la realidad virtual) el paciente vivía la vida que siempre soñó y experimentaba de nuevo las sensaciones más placenteras y los momentos más felices de su vida pasada. Estas vivencias eran capaces de proporcionar al organismo una enorme cantidad de endorfinas que mejoraban sensiblemente su estado de salud. El tratamiento inicialmente se aplicó sólo a pacientes con graves síntomas de depresión, pero pronto se empezó a utilizar para mejorar la calidad de vida de personas con minusvalías o con enfermedades que requerían una largo internamiento hospitalario. Recientemente se había empezado a utilizar con ancianos que ya no podían vivir de manera independiente y estaban recluidos en residencias. Durante cinco minutos, los ancianos volvían a ser jóvenes fuertes y osados, a disfrutar del amor, a abrazar a sus hijos o a jugar un partido de fútbol con los amigos. Los ancianos llamaban “la máquina de la felicidad” al milagroso artilugio y pronto se popularizó ese nombre entre todos los visitantes y trabajadores de la clínica.

Amparo siempre había sido feliz. El día que murió su madre se prometió a sí misma que, pasara lo que pasase, ella siempre sería feliz. Nunca se dejaría abatir por los problemas o desgracias que le sucedieran y aprovecharía todos los momentos para disfrutar de la vida. Como norma de conducta, todas las noches dedicaba unos minutos a recordar todo lo bueno que tenía y todo lo que le quedaba por conseguir. Ese carácter optimista la había hecho muy popular entre sus amigos y le proporcionada una fuerza casi ilimitada para la actividad física y el trabajo, lo que la había ayudado a alcanzar también importantes logros profesionales. Era, sin lugar a duda, un buen ejemplo de corazón y motor para todos los que la rodeaban.

Pero desde hacía algún tiempo Amparo pensaba con cierta preocupación en su futuro. Había llegado a esa edad en la que uno se pregunta si su vida ha sido tan buena como esperaba o si aún le queda algo por hacer. A esa edad, en que por primera vez se vislumbra el final del camino, ya queda menos trayecto por delante del que ya se ha andado y hay que empezar a administrar los recursos con sabiduría. Ya no se puede dejar nada para después. A pesar de su felicidad, Amparo se resistía a pensar que ya hubiera alcanzado la cima de su vida y quería encontrar un nuevo camino que recorrer, una nueva ilusión por la que luchar. Se le había ocurrido que la mejor manera de encontrarlo era conectarse a la “máquina de la felicidad”. La máquina le ayudaría a saber cual era la vida perfecta para ella, la vida que su subconsciente podría anhelar y que ella nunca se había atrevido a conocer. Por supuesto, esos pensamientos no podía comentarlos con su marido ni con sus hijos. No podía permitir que su familia pensara que ella no era feliz con ellos. Sólo se lo había contado a su mejor amiga, Carmen, que prudentemente le había aconsejado que no lo hiciera.

- Amparo, tu ya tienes la felicidad. No necesitas la máquina ¿No es mejor vivir de la realidad que de la ficción, aunque sea la creada por tu propio cerebro? - Los argumentos de Carmen eran razonables, pero no habían conseguido disuadir a Amparo que cada día se sentía más deseosa de probar sus cinco minutos de dicha. Además, como médico sabía que en el fondo todo lo que vivimos es en cierto modo nuestra ficción de la realidad ¿Por qué no ir un poco más allá?

Hoy Amparo cumplía 45 años y quería que fuese un día muy especial. A primera hora salió de su casa camino al trabajo después de dar un beso a su marido y a sus hijos. Cuando llegó a la consulta, aún no había nadie. La enfermera se había cogido el día libre para acompañar a su madre al hospital y los enfermos no comenzarían a llegar hasta las 10:00. A Amparo le gustaba llegar la primera a la clínica, así podía sentarse, tomar un café, leer el correo, y repasar los expedientes de los pacientes con tranquilidad y sin interrupción. Pero hoy no estaba concentrada en los expedientes médicos. Su pensamiento estaba junto a la “máquina de la felicidad” y la experiencia que con ella podría vivir. No haría daño a nadie. Serían sólo cinco minutos, luego volvería a su mesa, y continuaría con su trabajo como todos los días.

Amparo se levantó lentamente mirando hacia los lados, como para comprobar que nadie la observaba aunque sabía que la consulta estaba vacía, y se tumbó en el diván donde se les aplicaba el tratamiento a los pacientes. Programó la máquina para una sesión de cinco minutos y, con las manos temblorosas, la conectó. No sabía lo que iba a pasar. Tal vez apareciese en una playa del Caribe acompañada por un hombre joven y apuesto, o sería una escritora famosa firmando libros en unos grandes almacenes, o una heroína ayudando a los niños necesitados en el corazón de África. En cualquier caso, sabría qué es lo que más feliz la podría hacer en esta vida.

Sorprendentemente, lo que vio Amparo fue algo muy distinto. Se encontraba tumbada en la cama de un hospital rodeada de un hombre y dos niños que la observaban con ansiedad. La niña parecía mayor y agarraba la mano de su padre buscando protección. El niño, más pequeño, llevaba la cara pintada y un disfraz de payaso que le hacía parecer salido de una fiesta de cumpleaños. Su cara revelaba un sentimiento de preocupación que no lograban ocultar los colores del maquillaje. Pronto comprendió lo que estaba ocurriendo. Lo que había creído que era su vida, era en realidad su sueño de felicidad. Y lo que estaba viendo era su propia familia que esperaba mientras ella se sometía al tratamiento en “la máquina de la felicidad”. En ese momento empezó a recordar el profundo sufrimiento en el que llevaba viviendo desde hacía ya algunos años, las pastillas, las sesiones con el psicólogo, el sentimiento de impotencia y desesperación al verse incapaz de cuidar de sus propios hijos, y no pudo enfrentarse a la idea de volver. Reunió la fuerza y determinación que le habían proporcionado sus cinco minutos de felicidad, contuvo la respiración y murió antes de la desconexión. Años después su hija fundó una clínica destinada al tratamiento de enfermedades mentales.

martes, 1 de mayo de 2012

Acto terrorista

Rosa esperaba sentada en el coche. Miraba fijamente el móvil fingiendo responder un SMS inexistente. Varios coches patrulla la rodearon. Matemática de formación, y con una incapacidad de todos conocida para las actividades artísticas, Rosa se sentía fascinada por el mundo del arte y por cualquiera de las personas que demostrasen cierto talento. Tal vez por eso, ese Lunes, mientras esperaba a sus hijos sentada en un discreto café, cuando Pablo se acercó a ella y le declaró su amor, lejos de turbarse, pensó que por fin el destino estaba dispuesto a regalarle algo. Regalarle, sí, porque hasta entonces nadie la había regalado nada. Se había pasado la vida estudiando carrera y oposiciones, para acabar obteniendo una plaza de profesora en el Instituto de Enseñanza Secundaria “Miguel de Cervantes”, situado no muy lejos del lugar donde nació. No había llegado muy lejos – pensaba a menudo mientras caminaba por delante de la casa de sus padres camino del IES Miguel de Cervantes-. Nunca había sido la ganadora de un sorteo, ni la poseedora de un boleto premiado de lotería, ni siquiera había conseguido ninguno de los libros que sorteaban en la parroquia cuando era niña. Hasta la relación con su marido, lejos de ser un flechazo, fue el fruto de una premeditada, insistente y generosa persecución a la que ella lo sometió pacientemente durante el último año que ambos pasaron en la Universidad. Su marido, hombre cabal, finalmente apreció la tenacidad, fidelidad y amor incondicional de una mujer tan discreta y entregada. Pero esta vez las cosas iban a ser distintas. Esta vez era el amor el que llamaba a su puerta. Pablo era el único hombre que había apreciado su belleza, distinción e inteligencia sin necesidad de ningún esfuerzo extraordinario por su parte. Esta vez el azar había querido regalarle el más apasionado de los amores, siendo su amante el más fascinante de los hombres. La aventura que tanto deseó había llegado a su vida inesperadamente. Esta vez, había tenido suerte. Tal vez, por eso, cuando Pablo le declaró su amor, ella lo aceptó sin vacilar, sin preguntar nada, sin dudar. Pablo era un músico virtuoso. Durante sus conciertos Rosa lo admiraba sentada en su butaca de primera fila mientras la melodía parecía fluir de sus dedos enredados en aquel instrumento tan brillante. Sólo un hombre excepcional podía producir un sonido tan grandioso, y ese hombre se había ido a enamorar precisamente de ella, de una mujer prosaica, que nunca había sido demasiado guapa. Su pecho se henchía de dicha mientras secretamente se deleitaba con estos pensamientos. Pablo y ella habían pasado la semana conociéndose ávidamente. Y como colofón de unos días tan románticos, ambos habían acordado encontrarse en el hotel “Alfonso X el Sabio”. No podía ser de otra manera -pensó Rosa-. Pablo había elegido un hotel construido en honor a un rey sabio amante de la música y la poesía para albergar su apasionado amor. Esa mañana Rosa había comunicado en el instituto que no iría a trabajar alegando una consulta médica. A las 8:50, después de dejar a los niños en el colegio, cogió el coche de su marido y se dirigió a la cita. Había decidido no llevar el coche que solía conducir a su cita clandestina, así nadie sospecharía de ella si se cruzaba con algún conocido en la carretera. También desconectó el móvil, sería muy embarazoso tener que responder una llamada de su marido. Siempre podría decirle que se quedó sin batería. Rosa era una mujer de costumbres y en su rutina diaria no solía conducir por más de dos o tres calles diferentes, y pocas veces salía fuera de la ciudad. Pero ese día había que tomar una nuevo camino y nadie la iba a ayudar. Su corazón palpitaba acelerado por el miedo a perderse o a encontrarse con algún conocido que desbaratara su red de mentiras. Cuando llegó al hotel, el miedo y el sentimiento de culpabilidad habían alcanzado una intensidad difícilmente soportable y sus piernas temblaban lo suficiente como para no ser capaz de levantarse del asiento. Desorientada, sabiéndose en un lugar desconocido, decidió esconderse en la más recóndita plaza de aparcamiento y esperar allí a Pablo. Seguro que se sentiría más fuerte cuando Pablo apareciese. Sacó el móvil del bolso y lo comenzó a mirar con atención para que nadie pudiera verle la cara durante su ansiosa espera. A las 12:00 horas Rosa perdía la vida con la vista refugiada en la pantalla apagada de su teléfono móvil y ajena a todo lo que había pasado durante su ausencia. El coche en el que viajaba era buscado por la policía desde hacía horas. A las 9:00 de la mañana se recibió el primer aviso, una organización terrorista había colocado una bomba en el coche del concejal de cultura del ayuntamiento de Valladolid. Una vez informado, el concejal había comunicado a la policía que esa mañana el coche se lo había llevado su mujer. La policía había buscado el coche por los lugares más frecuentados por la señora Manzanares, el instituto donde impartía clases, el colegio de los niños, el supermercado, incluso en el Centro de Salud. Pero esa mañana la señora de Manzanares había escogido una ruta diferente que nadie conocía. La policía dio orden de búsqueda del coche pero tardaron varias horas en encontrarlo. La tragedia no puedo evitarse. En la televisión, hablaba el esposo profundamente apenado “Ha sido culpa mía, esa bomba iba destinada a mí, nunca debí permitirle coger el coche oficial, pero era una situación excepcional, su coche estaba en el taller y ella tenía un compromiso ineludible, no se me ocurrió preguntarle a dónde iba, yo tenía una reunión importante y me fui muy deprisa esta mañana, la policía ha tardado mucho en localizarla. Y ahora …, está muerta. Ha sido mala suerte”. La noticia continuaba con la entrevista a un inspector de policía. Aún no se había detenido al autor o autores del atentado pero se sospechaba de un joven que recientemente acudía a la dirección del matrimonio para impartir lecciones de música a los niños.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Lluvia de estrellas


Habían invitado a unos amigos a cenar. Esa noche se esperaba una lluvía de estrellas y su casa en lo alto de la montaña era el lugar perfecto para verlas. Conocían a sus amigos desde hacía mucho tiempo. Se apreciaban. Se comprendían. Se mentían.
-¿Qué queréis tomar? - Alberto ofrecía una copa a sus invitados ya sentados en la terraza. - Ya sabéis lo que dicen, cada estrella es un deseo.
-A mí esas cosas me parecen tonterías- replicó su mujer.
Esa noche Alicia estaba particularmente irritante. Se había pasado toda la noche contando sus ideas sobre la vida, esas que contaba siempre que había invitados, esas que no habían cambiado en los últimos veinte años, esas que impresionaban a todos menos a Alberto. Porque Alberto sabía que ella nunca había sido tan rebelde ni tan valiente como pretendía, la verdad es que nunca se atrevió a salirse de la norma salvo en los discursos con que le gustaba impresionar a sus invitados.
Alberto era un hombre tranquilo, dedicado a su trabajo. Siempre dejaba lucirse a su mujer en las cenas y los acontecimientos sociales. Sabía que para ella era importante sentirse la protagonista en esas ocasiones. Ella no había tenido tanto éxito profesional como él y sólo en esas ocasiones se sentía importante. Alicia culpaba a menudo a Alberto de su fracaso profesional.
-Yo hubiera llegado más lejos como tú si no fuese por todo el tiempo que he dedicado a los niños ¿Cómo no vas a tener éxito si no haces otra cosa que trabajar?
Pero hoy Alberto estaba distraído. Venía de encontrarse con María, su amante. Nunca pensó que tendría una amante. El siempre se había tenido por un hombre honesto e íntegro. Pero hoy había sucedido. Y lo peor es que no se arrepentía. A pesar de que se había duchado y perfumado, aún sentía el olor de María en sus manos, y el tacto de su piel. Su mente seguía deslizándose por el cuerpo de María, disfrutando de su suavidad, de su ternura, de su amor. Desde la distancia de ese incipiente amor, ve a su mujer conversando con sus invitados y piensa que son los personajes de una película de cine mudo. Sus caras gesticulan, sus bocas se mueven, a veces se ríen, pero él no sabe de lo que están hablando.
El matrimonio de Carlos y María dista mucho de la felicidad conyugal que ella esperaba el día que se casó. Ella siempre había soñado con tener una pequeña casa en lo alto de la montaña, como la de Alberto y Alicia, con un jardín por el que corretearan un par de niños, y un pequeño cenador en el que compartir cenas con los amigos todos los fines de semana.
Carlos era alegre e ingenioso, pero inmaduro e irresponsable. Su única ambición era vivir a su manera, haciendo lo que le gustaba, sin responsabilidades que le limitasen. ¿Cómo se pudo casar ella con un hombre así? No lo sabía. Tal vez pensó que él cambiaría, que arropado por su amor, Carlos acabaría apreciando la bondad de la vida convencional y estructurada ¡Estaba tan enamorada en aquel tiempo! ¿Por qué no se habría casado con un hombre como Alberto? Con él, sí hubiese tenido la vida deseaba. Ahora ya no tenía remedio.
Mientras todos saboreaban sus bebidas, Carlos estaba contando historias asombrosas sobre estrellas fugaces, cometas y meteoritos que se chocaron contra la Tierra en un pasado lejano. Carlos siempre tenía una buena historia que contar y con la que hacer felices a sus amigos. Era una pena que María ya no las apreciase. El tiempo la había vuelto seria, aburrida, y, a decir verdad, frígida. Ya no tenía nada que ver con la mujer que un día lo sedujo y con la que se casó. Sabía que en algún momento tenía que replantearse qué hacer con su vida, y enfrentarse al hecho de que ya no la amaba. Pero ese no era el momento de lamentarse, sino el de disfrutar de la lluvia de estrellas.
-Mirad, allí va la primera estrella fugaz. Podéis pedir un deseo pero recordad, los deseos deben mantenerse en secreto para que se cumplan- Carlos señalaba el Norte con su dedo índice mientras hablaba. Nadie dijo lo que pidió esa noche, pero minutos más tarde un meteorito cayó sobre la casa y redujo a cenizas lo que había sido una perfecta velada de verano.

domingo, 23 de octubre de 2011

El centro del mundo

Todo comenzó inadvertidamente. Sara estaba en la ducha cuando sonó el teléfono y, como de costumbre, no llegó a tiempo de responder. Era Jaime, un antiguo compañero de trabajo ahora destinado en una lejana ciudad ¿Qué querrá Jaime? Hace mucho que no nos vemos, ni siquiera envía ya la cortés felicitación navideña que era habitual en los primeros años después de su marcha ¿Le habrá ocurrido algo? Sara estaba deseosa de saber el motivo de la llamada de Jaime.
-Hola Jaime, soy Sara, ¿me has llamado? - La verdad es que podría haber dicho algo más original.
-Hola Sara, sí te acabo de telefonear. Perdona que te llame después de tanto tiempo, pero es que me han invitado a dar una conferencia en Macumbo y me he acordado de tí ¿No eras tú de allí? He pensado que me podrías ayudar a preparar el viaje, aconsejarme qué lugares visitar, qué llevar, los mejores hoteles,... La verdad es que si no tienes otros planes, me gustaría que me acompañases. Yo nunca he ido y,..., bueno, preferiría ir contigo. Tienes tiempo para prepararte, es dentro de quince días. Podríamos salir el Viernes y pasar el allí el fin de semana.
Sara hacía mucho tiempo que no iba a Macumbo. Era el lugar donde pasó su niñez. Pero se marchó a los dieciocho años, una noche mientras la ciudad dormía, ignorada por sus vecinos que nunca advirtieron su ausencia ni la de su familia. Y nunca volvió ¡Hacía tanto tiempo de aquéllo! Ya no recordaba las causas y detalles de la huída. Lo único que sabía es que nunca había pensado volver.
-Bueno, no sé, hace muchos años que no voy por allí. Seguro que todo ha cambiado desde entonces. No creo que te pueda ser de ayuda.
-Insisto, Sara, me gustaría que me acompañases. Estoy seguro de que me podrás ayudar.
-Déjame que compruebe mi agenda y mañana te digo.
Sara colgó el teléfono pensativa. La inesperada llamada de Jaime parecía providencial ¿Habría llegado el momento de volver a Macumbo? ¿O simplemente es que Jaime aburrido buscaba una pequeña aventura? La verdad es que Sara era demasiado vieja para una aventura amorosa, los hombres con esas intenciones buscan mujeres jóvenes y atractivas. En un tiempo Jaime y ella habían sido buenos amigos, pasaban largas tardes trabajando en la redacción del periódico y siempre se despedían con un café en el bar de la esquina. Estaría bien volver a contactar con Jaime y saber cómo le va. Macumbo no era su lugar preferido en el mundo, pero allí estaba su origen y tal vez era el momento de re-conocerlo.
El Viernes por la tarde Jaime y ella partieron hacia Macumbo. A pesar de que el Instituto Nacional de Meteorología había anunciado una brusca bajada de temperaturas, hacía un día soleado, calmoso, que permitía disfrutar plenamente de los parajes que iban atravesando. Parecían estar disfrutando de un oasis de verano dentro de aquel largo otoño. Cuando llegaron a Macumbo, era cerca del mediodía. La ciudad se movía ralentizada mientras Sara y Jaime comenzaron a pasear por sus estrechas calles. Eran callejones oscuros con el sol al final del recorrido, pequeñas plazas donde un ramo de flores tendido en el suelo hablaba de un dolor reciente, imágenes de Vírgenes y Cristos a las que tantas veces Sara había pedido ayuda en su niñez. Pero hoy Sara no estaba triste, hoy brillaba con la luz de la felicidad.
-Mira Jaime, ésa es la casa en la que nací. Pensé que ya la habrían derruido después de tantos años.
-Por esta estrecha acera caminaba de la mano de mi madre mi primer día de colegio. Iba llorando. No sabía lo que me esperaba dentro de aquel edificio grande y vetusto pero presentía que no era algo bueno. Al traspasar el arco de la entrada, un hombre alto, con traje oscuro, me ordenó callar. Nunca más volví a llorar.
Jaime no osaba interrumpir a Sara. Se sentía cómodo a su lado y le conmovían sus palabras sinceras. Nunca la había oído hablar así en tantas largas tardes en la oficina del periódico. Las calles iban apareciendo ante ellos en el orden y con el ritmo que la narración de Sara requería, cerrándose al finalizar cada relato y abriéndose para dar entrada a la siguiente aventura.
-Este es el camino por el que paseaba con el primer hombre que amé. Era novio de mi mejor amiga y nunca fue consciente de mis sentimientos. Nunca me atreví a declararle mi amor, no tanto por lealtad a mi amiga, como por inseguridad en mí misma. No quería hacer el ridículo.
Cada calle era un historia, cada cruce, un encuentro, y cada farola, un amor que no llegó a ser en la temprana vida de Sara. Cada vez andaban más cerca el uno del otro, hasta que Sara cogió la mano de Jaime con la familiaridad con que los amantes habituales se acarician, sin ser conscientes de sus movimientos, porque la piel del ser amado es una continuación de su propio cuerpo.
-Siempre me ha dado miedo vagar de noche por las calles. Cuando salía con mis amigas, y volvía tarde, mi padre iba a buscarme y me seguía a distancia, escondiéndose por las esquinas para guardarme sin que ni mis amigas ni yo advirtiésemos su presencia. No me quería avergonzar. Pero yo lo sabía y me sentía segura sabiendo que él me acompañaba.
Aunque no habían planeado amarse, cuando regresaron al hotel estaba ya decidido que el amor sería el final de aquella noche, y el inicio de su nuevo futuro. Atrás quedaron sus vidas anteriores, sus problemas, sus hogares y sus aspiraciones. Nada parecía existir más allá de aquel día y las enmarañadas calles que rodeaban el pequeño parque, diáfano y cuadrado, donde se erigía el anticuado hotel donde se alojaban, con una palmera a la puerta, y una habitación con vistas.
Al llegar la medianoche, el suelo de Macumbo comenzó a curvarse lentamente siguiendo el ritmo de los cuerpos de Sara y Jaime. Los barrios de las afueras fueron elevándose formando colinas que rodearon el hotel. El movimiento fue extendiéndose al resto de planeta, modelando la superficie de la Tierra hasta formarse un enorme cuenco con Macumbo en su parte más inferior. Finalmente el gran cuenco terrestre se cerró cubriéndose la parte superior con una bóveda de estrellas. Cuando Sara y Jaime despertaron, el mundo ya había cambiado para siempre. Sara salió a la terraza, miró hacia abajo y supo que se encontraba en el centro del mundo.

sábado, 23 de julio de 2011

El Doble


Nunca le había gustado jugar. Esa noche se dedicó a observar a los animados clientes del casino con la misma curiosidad y distancia con que un entomólogo observaría a sus insectos. Sentado en un rincón del bar, veía cómo su mujer y su hermano se alejaban ansiosos por probar su suerte. Era sorprendente que a las personas les divirtiese la incertidumbre de unos dados, o que prefiriesen dejar su destino al azar ¿No es mil veces mejor dirigir nuestras vidas siguiendo unos principios basados en la razón, o a lo peor en las creencias? Siempre le había entusiasmado la música, y en sus clases en la universidad utilizaba la conocida metáfora de una orquesta para explicar la naturaleza y el Universo, y cómo los seres vivos forman un conjunto armonioso, regido por unas reglas inmutables, en el que cada instrumento tiene su propio sonido, pero todos juntos forman algo esencialmente distinto y grandioso. Esa misma idea la había intentado aplicar a su familia aunque con dudoso éxito.

Siempre, también, había sabido que en la naturaleza el azar tiene su lugar. Pero prefería obviarlo. Tómese por ejemplo la genética. Cuando dos seres se unen para formar uno nuevo, el resultado final se puede predecir por las leyes de la estadística que calculan todas las posibles combinaciones de un conjunto de genes, pero no por las universales leyes de la física, aunque estas últimas estuviesen en la base de todo. Para explicar estos temas en la universidad solía utilizar una metáfora literaria. Los genes son como las letras que forman las palabras, el número de letras es limitado pero el número de novelas que se pueden escribir es ilimitado. Para ser sinceros ésto no era matemáticamente cierto, al menos no si uno limitaba el número de páginas escritas. Con un conjunto de 28 letras, más los signos de puntuación, más los espacios en blanco, se pueden escribir muchos libros de 100 páginas, pero no un número infinito de ellos. Si un ordenador dedicara su procesador a hacer todas la combinaciones posibles de estos signos, escribiría todas las posibles novelas de 100 páginas que se pueden escribir en la lengua castellana, las más hermosas, y las más deplorables, la mayoría de ellas sin un significado concreto. ¿Pasaría igual con los genes? ¿Cuántas personas diferentes se podrían formar con los genes que porta la humanidad? ¿Cuál es el ser más perfecto que puede existir? ¿Qué probabilidad hay de que en la Tierra haya o haya habido una persona idéntica genéticamente a nosotros? ¿Se podría hacer un catálogo con todos los seres humanos posibles? Sería el Diccionario de la Humanidad.

Las ruletas seguían girando y los demás reían y apostaban su dinero animadamente. David se había hecho ya invisible para su familia. Y lo que es peor, su familia se había hecho ya invisible para él. Siguiendo con su extravagante reflexión, se dio cuenta de que no había considerado un detalle importante, las mutaciones. Las mutaciones introducen una nueva variable en el sistema y hacen posible la evolución. Finalmente, nuestra existencia puede que tenga algo que ver con el azar, con una mutación no planificada que cambiase para siempre el destino de los homínidos. Llegado a este punto su reflexión se había acabado, David se dispuso a tomar el último trago de whisky antes de ir a buscar a su familia. Ya era demasiado tarde y le dolía mucho la cabeza.

Ahora su mujer y su hermano abandonaban la mesa de juego para regresar. No iban solos, les acompañaba un hombre de mediana edad, bien vestido, desenvuelto, seguro de sí mismo. Juntos, parecían mantener una conversación animada. Cuánto le hubiese gustado a él tener esa apariencia, la de hombre que domina la situación, que juega en su terreno, que controla su entorno. En cambio, ahí estaba, sólo, escondido en las sombras, en la última mesa del bar. Cuanto más se acercaban, más conocido le resultaba el nuevo acompañante, tal vez fuese un amigo de su hermano. No, no era un amigo de su hermano, era él mismo, tenía su misma cara, sus mismas manos, su misma forma de andar. Tal vez fuese su doble, ése que hay ciertas probabilidades de que exista en otro lugar del mundo, ese que es idéntico a nosotros pero a su vez distinto, porque tiene otros padres, otra historia, porque ha hecho otras elecciones a lo largo de su vida, porque finalmente se ha construido una personalidad distinta. Tal vez, el azar hubiera hecho que ese hombre estuviera allí, hoy, en el casino, y su familia lo hubiese confundido con él. David, se levantó, pagó la cuenta, y se fue. Total, él nunca había sido feliz con su vida.

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Perdidos














Una mujer mira fijamente la pantalla de su ordenador mientras pulsa compulsivamente el icono que da entrada a los nuevos mensajes. No tiene correo. “¿Qué buscas mamá? ¿Por qué le das tantas veces? ¿Esperas algún mensaje nuevo?”. Marta, por supuesto, espera algo, una buena noticia. Un escueto correo felicitándola por ese premio que nunca va a conseguir. No es mala en su trabajo, pero está lejos de estar entre las mejores. Un mensaje anunciándole que está embarazada y que finalmente va a dar a luz a ese hijo que tanto deseó y nunca llegó a tener. Pero los embarazos no son posibles sin una relación de pareja y su edad es demasiado avanzada incluso para la maternidad adoptiva. Una carta de su editor felicitándola por tan excelente trabajo y anunciándole la pronta publicación de su primer libro. A su hija le gustan las historias que ella escribe, pero pretender gustarle a los demás es un objetivo demasiado ambicioso. Marta miente, “No espero nada, hija”.

Un hombre solo, escucha la radio escondido en la oscuridad de su dormitorio. Hace muchos años que acabó la guerra y los suyos no la ganaron. Desde entonces vive disfrazado de tendero complaciente y amante padre de familia. Al caer la tarde, escucha la emisora clandestina de los perdedores. Esa voz siempre dice lo mismo: “los vencidos en el exilio están a punto de cruzar la frontera, pronto tomaremos la capital y derrocaremos al dictador. La victoria está próxima. De este año no pasará”. Su mujer lo llama, “Rafael, ¿qué haces? ¿No vienes a cenar? Podrías hablar con nosotras en vez de encerrarte en el dormitorio con el aparato ése. Y siempre con los auriculares puestos, te vas a quedar sordo,”. “No te enfades mujer, ya sabes que necesito relajarme un poco después del trabajo y la música me relaja. Me pongo los auriculares para no molestaros”.

Una anciana viaje en un tren a un pueblo perdido en las montañas de los Alpes italianos. Lleva una flor entre las manos. Ha pasado ya mucho tiempo desde que sus cuerpos se abrazaron, desde que sus labios se besaron. Ella le dejó. No estaba preparada para una relación tan arriesgada. Nunca lo estuvo. Nunca estuvo preparada para nada arriesgado. Su nieto le enseñó recientemente cómo utilizar internet y cómo buscar personas en la red. “Pon un nombre, abuela, un nombre cualquiera y buscamos quién es, dónde vive, verás cómo lo encontramos”. Ella tecleó el único nombre que sabía, el único que siempre había sabido, el único que nunca podría olvidar, ¿qué otro nombre podría teclear? Y la pantalla se llenó de enlaces y direcciones. Y una pequeña reseña en un periódico local italiano. Vincenzo Benedittini estaba siendo enterrado ese mismo día, a esa misma hora, a unos 1000 km de distancia. “¿Ves qué divertido es ésto, abuela? El nombre que has puesto corresponde a una persona de verdad, que realmente existe, bueno que existía” . Sabe que ya nunca lo podré abrazar. Aunque estuviese vivo tal vez él ni siquiera la recordase después de tanto tiempo. Pero le dejará su flor, ésa que tantas veces le pidió. Con su frase: con amor, de Raquel.

Hoy llueve. Una lluvia suave, cortés, cálida, húmeda, envolvente, penetrante, embriagadora. Marta, Rafael y Raquel salen a la calle a pasear bajo la relajante lluvia. Las calles están vacías, nadie quiere mojarse, temen enfermar por la humedad y por el ligero frescor que imprimen las gotas de agua. Los tres vagan a paso rápido y con mirada decidida, ésa que llevan los que saben a dónde van. Pero al terminar la tarde los tres se han perdido. Solo el que tiene un destino, se pierde.

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lunes, 20 de junio de 2011

Varsovia



Un hombre espera en la estación de autobuses de Grenoble. Dentro de poco aparcará a su lado el autobús que le llevará al aeropuerto donde tomará el avión que lo devolverá a España. Hace años que visita esa ciudad con asiduidad por motivos profesionales. Ya no se siente extranjero, ni tiene que consultar mapas y horarios para saber dónde ir ni qué hacer. Puede moverse por sus calles con la misma facilidad que lo haría en Madrid. Por eso, no presta atención a las pantallas y entretiene los intervalos de espera leyendo “Muy interesante”.

Pero hoy algo llama su atención, delante de sí hay un autobús con un letrero en el que circula como goteando la palabra “Varsovia”. Nunca hubiera pensado que en esa estación se pudiese coger un autobús a Varsovia. Los autobuses que había visto en ocasiones anteriores solo hacían recorridos regionales. Varsovia estaba muy lejos. Por otra parte, ¿Cuánta gente en Grenoble estaría interesada en ir a Varsovia diariamente? Tal vez el autobús solo viaje una vez al mes. En cualquier caso, si él tuviera que viajar de Grenoble a Varsovia, lo primero que haría sería coger el tren de alta velocidad a París, y luego tomaría un vuelo a Varsovia. Lo vuelve a leer, ‘Varsovia’. Quería asegurarse de que no estaba soñando. ‘Varsovia’, en efecto no se había equivocado. Y de repente, siente unos deseos irrefrenables de subirse a ese autobús ¿Qué pasaría si se atreviese a subir? Dejaría atrás su vida rutinaria, su familia, su trabajo. Una vez en Varsovia, tomaría otro autobús, quizás a Moscú, o a Viena, o a Estocolmo, y así recorrería toda Europa ¿De verdad era tan fácil? No sería un recorrido como esos que organizan las agencias de viaje con un itinerario prefijado y los hoteles reservados. El itinerario sería desconocido y los lugares a visitar no estarían elegidos en función de su interés turístico sino de la programación de las diferentes redes de autobuses y del azar. Llegaría a una ciudad, miraría los letreros de los autobuses y se subiría a aquel que sus deseos le indicasen. Y así, hasta cansarse, o hasta encontrase a sí mismo que probablemente sean la misma cosa.

Siempre había mirado los mapas con fascinación ¿Sería posible visitar todos los rincones del mundo antes de morir? Desde luego, merecería la pena. Solo así podría decir que lo había visto todo. Ya sé, ya sé que nunca se ve todo, siempre quedaría el mundo microscópico, y los lugares fuera de nuestro planeta. Los paisajes también cambian con el tiempo. En cualquier caso, esa era la mejor aproximación a ‘verlo todo’ que él conocía y su sueño desde siempre.

Si esto fuese un cuento diría que ese hombre se subió al autobús y nunca más volvió. Pero no fue así. Pero lo cierto es que nunca olvidó ese día y frecuentemente lo rememora tratando de comprender por qué le había impresionado tanto ese letrero. Quizás le enseñó que a veces para conseguir nuestros sueños basta simplemente con tomar el primer autobús, y luego el segundo, y...

Han pasado muchos años desde ese día, y aún se pregunta si aquel letrero fue real. A pesar de que ha seguido visitando Grenoble frecuentemente, nunca volvió a ver otro autobús con ese destino. Podría visitar Varsovia en cualquier momento, pero le gustaría subirse a ese autobús que vio tantos años atrás. Este año se jubila y quiere obsequiar a su familia con un viaje por toda Europa. Viajarán en autobús y no fijarán el itinerario de antemano. Desde luego, pasarán por Varsovia.

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